Hemos decidido quedar a tomar un café después de las clases del curso intensivo de italiano, algo perfectamente normal. El tema es que la cosa se ha alargado un poco y al final también hemos comido. Bueno, hasta aquí todo normal. Tras unas cuantas horas de conversación ha salido el magnífico tema de la edad (nuestro grupo era muy heterogéneo en ese sentido). Helena, un adorable alemana comentaba que le daba "cosa" llegar a la edad de los 30, porque parecía que ahí se acababa tu juventud (todo esto en inglés). Tras nuestra filosófica conversación decidimos huir de ese sitio, pero justo cuando estábamos en ello, una señora que estaba en la mesa de al lado se ha acercado a nosotros, y mirando fijamente a Helena ha dicho: "Tengo algo que decir respecto a tu comentario anterior sobre los 30 años. No hay que preocuparse, la juventud vuelve otra vez a los 65". En ese momento todos fuimos absolutamente FANS de esa señora.
Cuando nos disponíamos a salir del bar muertos de risa por el comentario de la abuelita un grupo de tres señores italianos de 60 años empieza a hablar con nosotros y nos proponen quedarnos un rato más a cambio de invitarnos a un café. ¿Como rechazar una oferta así? Sin dudarlo ni un segundo, nos sentamos con ellos a practicar (por fin) nuestro italiano, que por cierto, es un desastre. La conversación fue clásica de "¿De dónde sois?" "¿Qué estudiáis?" etc. La mejor parte llega cuando uno de los señores simpáticos, emocionado por estar rodeado de 6 extrajeras (en este momento solo quedábamos chicas) decide ir a la barra y comprarnos una botella de vino de la región como regalo por ser los seres más simpáticos de la tierra.
Por supuesto, la tarde no podía terminar aquí. ¿Qué hacen un grupo de 4 estudiantes Erasmus (como veis el número de gente se va reduciendo) con una botella de vino regalada? La respuesta es clara: BEBÉRSELA. Así que, sin más dilación, hemos subido a mi casa (la más cercana a nuestra ubicación) y nos hemos pimplado la botellita de vino entre 4.
Situación final: dos alemanas, una francesa y una española, medio-borrachas (el vino era fuerte) en mi casa muriéndonos de la risa comentando nuestro "café después de las clases".
Conclusión: jamás digas que no a un café, nunca sabes como puede acabar.
jajajaja buenisima historia
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